Club de la lucha
Que piensen de mi sombra que es flacucha
y que es cerrarme el pico un buen negocio;
no faltará después quien pierda el ocio,
quien llore si lo mandan a la ducha.
No hace falta decírselo al que escucha
pero, cuando es preciso, me disocio:
todo el que tenga su carné de socio
ya sabe que este club exige lucha.
El miedo, como el hielo, se derrite;
tarde o temprano me saldrá al encuentro
el Otro con que todo se permite.
Sabré sin duda en dónde está mi centro,
si logro, de una vez, que al fin me habite
el Tayler Durden que llevamos dentro.
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